GRADO 8. La etapa más violenta de la Revolución Francesa

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La revolución inspirada en la lucha republicana fue radicalizándose [extremándose] cada vez más. Aparecieron nuevos líderes que pretendían lograr cambios más profundos en la sociedad y que enardecieron [entusiasmar] a las masas hasta el punto de hacerlas considerar a sus primeros dirigentes, -a aquellos que habían impulsado el cambio-, como traidores de la causa revolucionaria. Comenzó entonces, una segunda etapa o una “sobrerrevolución” más violenta, más desenfrenada.

Esta nueva etapa que podríamos decir que comienza con la sentencia a muerte del rey, en enero de 1793; fue conocida como “El Terror” y las miles de personas muertas en la guillotina [máquina que corta la cabeza] confirman su nombre:

“La agitación enfebrecida que, como un “crescendo” constante, era la nota ambiental más característica de la Revolución Francesa, volvió al día siguiente. La ejecución del ex rey de Francia señaló el comienzo de una nueva era de muertes políticas (…) Nobles, palaciegos, dignatarios eclesiásticos, también la reina María Antonieta, pasaron por el cadalso. Las ejecuciones eran siempre un acto público, un solemne ritual entre el redoblar de los tambores y el flamear de los signos revolucionarios, con asistencia de las multitudes. (…)

Los hombres clave de la nueva situación, eran tan distintos y al tiempo tan complementarios como Maximillien Robespierre, Jean Paul Marat y Georges-Jacques Danton. (…)

La época más característica del Terror es la del verano y otoño de 1793 (…) El 5 de septiembre se reorganizó el Tribunal Revolucionario, que desde entonces extremó las penas de muerte, y el 17 del mismo mes se decretaba la Ley de Sospechosos, por la que tal condición se convertía en delito, y que permitía, en realidad, detener o condenar a los ciudadanos que los dueños de la situación consideraran conveniente, sin necesidad de pruebas de culpabilidad. (…)

Quizá las matanzas más repugnantes tuvieron lugar en la zona del Loira, y muy especialmente en la ciudad de Nantes, donde se hicieron tristemente célebres los “baños” o los “matrimonios revolucionarios”. La primera modalidad consistía en introducir en barcazas agujereadas a grupos de presos políticos atados en montón, y dejar que se hundieran; la segunda, en atar a los reos de dos en dos, y arrojarlos al río. (…)

Así fue como hombres famosos y trabajadores humildes, religiosos ejemplares y revolucionarios fanáticos corrieron una misma suerte entre el otoño de 1793 y el verano de 1794. (…) Se ha hablado de cien mil víctimas de la guillotina (…) la cifra exacta no podrá determinarse jamás. Se estima que el número de presos políticos fue del orden del medio millón.  Tampoco se sabe cuántos murieron en la cárcel.

Fuente: Comellas, José Luis (1989): Historia universal, tomo X,  De las Revoluciones al Liberalismo. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, S. A. (EUNSA). pp. 125-149

 

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